Supongamos que

Supongamos que el mañana no tuviese la memória suficiente para acordarse de lo que te diré hoy. Ha vuelto a suceder. Mi despertador se convirtió en la pesadilla de una sonrisa traviesa. Y empezó el juego de las cenizas que arden del fuego que se apaga. Con él llegó la puta manía de lamerme las heridas en compañía. Todos tenemos un rincón en el que escondernos cuando tu persona favorita es tu nuevo punto débil. Aunque huyas de algo que llevas a cuestas. Me he cortado tantas veces al pasar de página que no comprendo un final que no lleve dolor. He aprendido que estar vivo no es lo mismo que estar a salvo. Y me he dado cuenta que yo no me encariño de la piedra, sino de levantarme, de las manos que logran hacerlo. Porque he abierto los ojos y quisiera revivir todas las caídas si son las tuyas las que vuelven a hacer camino. Supongamos que entiendes las miradas que no tienen explicación. Y no he empezado a decirte lo que quiero escribir, porque no sé ni que siento aunque tampoco quiero dejar de hacerlo. Estoy contra las cuerdas en un día gris, con ganas de seguir cayendo y besar tu precipicio. Pero no he olvidado la gota que colmó el vaso por eso,
supongamos que
todavía
no.

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