Hablar

Está hablando. No deja de mover las manos, pero yo me he quedado en su boca. Me acabo de dar cuenta que caperucita también tiene los colmillos afilados. No la estoy escuchando, si lo supiera quizá me dedicaría algunas palabras que me bajarían del cielo, porque yo, acabo de subir a sus ojos. No parpadea, deja de hacerlo cuando está nerviosa. Quizá por eso no me ha mirado a los ojos y se ha dado cuenta que no he podido escucharla desde que empezó a hablar. De verdad, no es que no quiera, es que no puedo. Es como si la musa de tu cuadro favorito hubiera cobrado vida y te empezara hablar. Y es por eso que, a veces, desconecto. Cuando está muy cerca no puedo concentrarme. Se lo he dicho muchas veces pero no lo entiende, se ríe y sigue sin entenderlo, como tampoco que ha convertido en arte el café de los domingos. Justo ese que se esta enfriando a tres metros de esas manos que no dejan de moverser. Puede que no me crea cuando le diga que estaba pensando en ella y en todas las formas posibles que tengo de hacerla feliz. La miro y es tan tarde para escucharla como para dejar de quererla. Se ha callado y me mira como si tuviera que contestarle.
Sonrío de la misma forma en la que lo haces tú.
Habrá segunda parte.

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