Tener claro el problema no te acerca a la solución. Vivimos sabiendo que pieza del reloj está rota pero ninguno tiene el valor suficiente para cambiarla porque, al fin y al cabo, el reloj marca la hora que quieres. Nadie quiere ser niebla después de haber sido amanecer. Nadie imagina que anidan promesas incumplidas hasta que los latidos se vuelven en tu contra. Hemos dado la espalda a todo lo que nos duele, pero sin soltarnos, sentimos en la jaula, convertidos en rehénes de nuestro corazón. Atados a un precioso síndrome de Estocolmo que nos hizo bailar hasta que se apagó la música. Pero seguimos cantando la misma canción, deslizándonos en otros cuellos, acariciando cualquier corazón en llamas que como el nuestro quedará en cenizas. Parece fácil esconderse tras un papel contando que el desvio de una flecha perdida de un Cupido despistado, me ha dejado con más palabras en las mano que oxígeno en los pulmones. El valor de los pasos no se mide en su dirección sino en la convicción de no volver a pisar sus huellas. Te lo resumiré: tú, que creaste un universo en un susurro, lo peor de soñarte es seguir despertándome feliz.

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