Ella

Me miró como sólo ella sabe hacerlo, me agarró las manos para sostenerme el aliento y me disparó un “volvamos a empezar”. Me lo dijo como si desnudar las cicatrices no doliese. Como si el tiempo hubiera borrado todas sus huellas que aún rodeaban mi cama. Como si el olvido de cada uno de sus cómplices recuerdos no se hubieran complicado en besos sencillos. Y empezamos por desandar los pasos, por desvestir los fallos. Por echarnos en cara la desgana, por mirar hacia otro lado en cada esquina de la cama. La confianza vuelve con los hechos y las mejores de las palabras cerraron el círculo de la esperanza. Me dejé guiar por sus desvelos, escuché su risa en cada vuelo e hice de su sonrisa el mejor momento de mis sueños. Pero, por primera vez, llegó la noche menos pensada. Y juro que quería todo lo que tenía. Estaba en su pecho, enredeado en su pelo, escuchando el ritmo del corazón que hacia latir al mio. Yo ya había estado allí, y me di cuenta que ya había muerto por sus besos. Que sus caricias seguían siendo mis futuras cicatrices. Que ella amaba al fuego tanto como odiaba sus cenizas. Así que me fui, dejando atrás todo lo que perseguí, escribiendo el final en la espalda que un día vi partir. He cerrado el círculo, el mismo que aprieta al pecho cada vez que siento, el mismo que no ahoga al miedo cada vez que quiero.

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