Sin querer

Parpadean todas las palabras que escribo cuando hablo de ti. Como si no quisieran formar parte de lo que queda. Las palabras, como los vendajes, siempre llegan demasiado tarde.
No había obligación. Tampoco la de hacernos daño. Pero somos como esa bonita rosa en la que si te acercas demasiado, acabas cortándote. Y nunca me gustaron tanto las caricias de sangre. Siempre nos gustó demasiado jugar a conquistarnos. Yo me quedé con tu sonrisa. Tú respondiste robándome la mirada. Y así, hasta que entraste en mi pecho y se acabó la partida. Siempre quisimos acabar en una isla desierta, sin salida. Pero preferiste verlas desde el cielo. Y cada avión que veo quiero que aterrice por error en una de esas playas de las que tanto hablamos. Para que te cuenten que estuve allí. Buscando una salida que no debía existir, de un lugar del que nunca hubiera querido marchar. En el mar de mis dudas, he comprendido que la perfección la dibujamos nosotros. Consideraba perfectos hasta tus errores. Incluso tus pies fríos. Tu azúcar de más en un café de menos. Y esa jodida forma de decir adiós, sin querer. Y es por ese sin querer, por el que notas el sabor de tus lágrimas, que te das cuenta que en las caídas aprendes más que duelen que a levantarte.

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