Ojalá

Ojalá no te hubiera conocido nunca. Conozco el precio de esas palabras. Pero, no merece la pena. Firmaría con las lágrimas que he derramado por ti no besar tus labios. La adicción más perniciosa que aún me recorre el cuerpo y muere en mi boca. Esa que es incapaz de pronunciar tu nombre. Me engaño a mí mismo pensando que mereció la pena. Que para ganar hay que arriesgar. Que el mundo es para los valientes. No. El mundo es para los supervivientes. Y yo ando moribundo desde que te fuiste. La misma estrella que contemplabas cada noche ha quedado varada en mi balcón. Y es la única luz que ilumina la habitación de tus delicias. He aprendido a vivir echándote de menos. Me gustaría escribir que todo va bien. Simplemente bien. Pero desde aquella noche, todo es diferente. Entre el bien el mal sigues estando tú. Si te hubieras visto sonreír, te habrías enamorado de ti y yo no me hubiera dejado llevar por tus manos. Esto no estaría pasando. Nunca hubiera querido enredarme en tu pelo. Ni dormir en tu pecho. Jamás te habría querido. Pero nuestras miradas se cruzaron como el faro que busca al barco en la tempestad. Y nos rescatamos de nuestro mar de lágrimas. Creyendo que en tierra firme no iríamos a la deriva. Pero nunca hemos estado tan perdidos como ahora. Y sé, que terminar por el principio está mal. Pero quiero que me entendáis cuando digo que ojalá no la hubiera conocido nunca, y es porque incluso cuando la haya olvidado, aún la recordaré.

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